Testimonio de mi profesión solemne
La profesión solemne realizada el pasado domingo, 8 de marzo, fue el sello para mi incorporación definitiva a la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora luego de varios años de votos temporales. Sin embargo, no sentí el momento de la profesión ni como comienzo ni como fin, sino como otro paso en mi camino de seguimiento y consagración, sostenida por Dios, por la Compañía de María y por la comunidad cristiana.
Como proclama el pasaje del Evangelio de ese día: “Uno siembra y otro cosecha…Ustedes recogen lo que otros han trabajado” (cf. Jn 4, 38). Pues, ciertamente, mi compromiso definitivo con el Señor, para servicio de su Iglesia desde el Carisma y la Misión de la Compañía de María, no es mérito propio; sino que es, en primer lugar, fruto de la semilla de la fe sembrada por Dios. Es fruto, además, de la labor de las religiosas de la Compañía, que desde 1607 han llevado adelante la misión que Dios encomendó a nuestra fundadora, Santa Juana de Lestonnac: “la educación en la fe que fructifique en obras de justicia”.
Pido al Señor la gracia de mantenerme fiel a su llamado a lo largo de mi vida, para ser yo también, como las hermanas que me han precedido, sembradora de fe y esperanza en medio de las realidades desafiantes, no solo en nuestra Cuba sufriente; sino, como proclaman nuestras Constituciones, “en cualquier parte del mundo donde se espera un mayor servicio de Dios”.








