En la escuela Helen Keller con el objetivo de ofrecer en nuestros estudiantes experiencias más amplias de aprendizaje, nos propusimos organizar una visita al Zoológico de Guadalajara.
José Luis Ramos, ex alumno de la escuela (con baja visión) estudió biología y trabajó varios años en el Zoológico de Guadalajara. Actualmente colabora con nosotros en la escuela. Él nos ayudó con las gestiones en concreto, logrando que las entradas fueran sin costo para nuestros alumnos y 30 adultos acompañantes.
Asistieron 5 alumnos con multidiscapacidad, acompañados de un papá, y todos los de preescolar y primaria, de los cuales, sólo faltaron 4. La gran mayoría de los niños, por supuesto, no habían tenido la oportunidad de hacer la visita. No sólo fuimos los maestros, sino también el resto del personal de la escuela y algunos voluntarios.
Iniciamos nuestra larga caminata por el parque, la primera actividad fue subir en el teleférico. Únicamente los niños de más de 1.30 m y con capacidad de caminar podían subir con un adulto, tuvimos 20 candidatos. Hubo algún niño que no quiso subir por miedo, y por supuesto se respetó, los demás chiquillos simultáneamente iban a dar un paseo en el trenecito. Había largas filas para abordar el teleférico, así que nos permitieron que todo el grupo paseara en el tren.
Al bajar del trenecito el grupo con niños más pequeños se sentó en un agradable jardín a descansar, tomar el refrigerio, jugar con el volantón y llevar a cabo otros juegos, mientras los demás, muy emocionados, subían al teleférico. Después, los que faltaron, tomaron su lonche.
A continuación fuimos a un Auditorio del Área Educativa, donde nos prepararon un taller con material biológico: nos explicarón y permitieron tocar una piel de oso negro, leopardo y cocodrilo, un armadillo disecado, un cuerno de rinoceronte, alce y venado, una pata de oso polar y de jaguar, una pluma de pavorreal y de cacatúa. Los chiquillos estaban encantados y los adultos también, explicándoles y describiendo lo mejor posible la experiencia.
Después de una larga caminata, llegamos a lo que nombran “Safari”, haciendo cola para subir al autobús que nos llevó por los animales libres o en su hábitat, lago, etc, un guía fue explicando y por supuesto los acompañantes describieron lo que pasaba.
Los últimos dos lugares a los que asistieron los niños fueron: la “Antártida”, en donde están los pingüinos, que por supuesto no vieron, pero además de la descripción tocaron el hielo que los mantiene.Y, el segundo lugar fue: el Acuario, en donde sumergieron la manita y el pez doctor les hacía cosquillas, pues se alimenta de las células muertas de la piel.
Al salir los niños estaban muy contentos y los adultos fascinados; en realidad no sé quién disfrutó más, si chicos o grandes.
Es impresionante la capacidad de disfrute, aprendizaje y adaptación de los pequeños, así como su entusiasmo y posibilidad de asombro. Esto hace que los que acompañamos esta experiencia saquemos lo mejor de nosotros mismos para ofrecérselos.
Al estar organizando la excursión alguien del equipo escolar mencionó que “éramos crueles, porque los niños no pueden ver los animales”. Sin embargo, al regresar del paseo, la persona expresó que “los niños ven más allá de sus ojos, captan la vida, aprenden y se relacionan con todo el potencial que tienen”.
También es impactante lo que nuestra comunidad provoca en las personas de fuera, quienes atienden y quienes estaban en el zoológico, pues su admiración por el conocimiento de las personas con discapacidad fue notorio.
Mil gracias al personal, al patronato de este parque. Que Dios los retribuya y que sigan siendo de puertas abiertas para las personas diferentes.
Esta experiencia nos maravilla y nos sigue impulsando a generar e ir más allá del aula, así como para promover una educación integral de los chiquillos y generar en la sociedad espacios de inclusión.